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Llamada Especial a las Iglesias

¡El Apocalipsis proclama la unidad en la única Iglesia de Cristo!

LAS IGLESIAS HAN DE DESPERTAR Y VER LO QUE EL SEÑOR QUIERE DECIRLES HOY MUY ESPECIALMENTE A ELLAS, EN ESTAS REVELACIONES QUE NOS LLEGAN DESPUES DE CASI DOS MILENIOS DE ESCRITO EL APOCALIPSIS

Nuestra misión es sembrar. Aquí hay una siembra que a Dios nuestro Señor le corresponde regar con su lluvia y hacer crecer para bien de muchos.

El Dragón y la Bestia

Entonces vi surgir del mar una bestia que tenía diez cuernos y siete cabezas; sobre sus cuernos tenía diez diademas y sobre sus cabezas títulos blasfemos  (Ap. 13,1).

        Ahí, del mar, es donde ve surgir una bestia. La bestia simboliza el pecado personificado en el hombre. Esta bestia se refiere a la situación en la que cayó el hombre, que le privó del Paraíso. Ésta es la  bestia que surge del mar, porque hay “otra bestia que surge de la tierra”, de la que se tratará más adelante con el tema “La Luz y Caída de la Gran Ciudad”.

El pecado, el dragón, está siempre al acecho detrás de los hijos de Dios. Merodea constantemente alrededor de él. Se dijo al final del capítulo anterior que “despechado se fue a hacer la guerra al resto de sus hijos, (de Dios) los que guardan sus mandamientos y mantienen el testimonio de Jesús”. Son los creyentes. 

Cuando, el dragón, el pecado, entra en el hombre, ya deja de ser sólo una posibilidad: toma cuerpo, se personifica en él, y ya el hombre deja de ser en Dios. Cuando el pecado habita en el hombre, surge en él la bestia.Todo el que  permanece en el pecado se hace bestia. Quien se arrepiente, vuelve a vivir en Dios.

Estas siete cabezas que tenía la bestia de la visión, nos hacen ver que conforme el siete simboliza el camino de lo perfecto, el enemigo que va siempre en contra, ataca, para que cada uno de los medios con que el Espíritu Santo nos provee, sea destruido. Y así  trata de infiltrar en el corazón del hombre la soberbia, avaricia, gula, lujuria, ira, envidia y pereza, que son raíz de toda clase de acciones malas que dañan no sólo al que está así, sino también a los demás.

El que vive acomodado en su situación de pecado, suele hacer de éste bandera, es decir, no está escondido, sino que alardea los "beneficios" de su situación. Quizás dirá lo libre que se siente de esta forma porque hace sólo lo que le apetece; por eso se dice aquí que tenía sobre sus cabezas títulos blasfemos. Así de grande es su confusión, porque desconoce la experiencia de vivir realmente  en Dios, y no puede diferenciar que no hay esclavitud mayor que ser morada de la maldad, del pecado. [3]

Esta satisfacción por moverse al margen de lo que Dios quiere para sus hijos, en una vida meramente humana, en la carne, es lo que van pregonando, y hacen que otros los imiten. A eso se refieren los cuernos: la proclamación del pecado. Y son diez, indicando que se propaga al máximo.

Pero éstos que así lo pregonan, si miraran dentro de sí, quizás pudieran ver que su bienestar es sólo aparente y que realmente no se sienten así  como pregonan, porque el corazón del hombre está hecho para vivir en Dios. Sin Dios el hombre está vacío, insatisfecho. Y si miraran en su interior podrían ver lo vacíos, lo mal que están por dentro, porque el pecado es una carga, una cadena que ata y oprime al hombre. Así se dice aquí:

 

 La bestia que vi era semejante a un leopardo; sus patas eran como las de un oso, y sus fauces como las de un león. El dragón le dio su poder y su trono y gran poderío  (Ap. 13,2).

 

La bestia (el pecado personificado en el hombre) es semejante a un leopardo, fiera robusta, de asombrosa agilidad, y maestro en atacar por sorpresa. Es hermoso su aspecto, elegante. A un niño viendo su imagen, quizás hasta le gustaría jugar con él, pero quien lo conoce no se acerca a él. (Así es con el pecado, quien lo conoce huye de él). Aunque sea atractivo, y codiciada la belleza de su piel, su cometido es devorar, igual que el pecado devora los bienes que Dios ha puesto en el hombre. El leopardo es símbolo de la seducción por el lujo, por las cosas del mundo.

Sus patas eran como las de un oso porque es pesado, el pecado es como un peso que impide ser libre, sentirse ligero.

Las fauces como de León quieren hacernos ver que el que está en pecado tiene poder en este mundo, igual que el león es el “rey de la selva”. Pero no es cierto: son como de León Cuanto nos muestra el diablo siempre es engañoso. Satanás es “el padre de la mentira”.[4] Sin embargo, ellos se muestran como poderosos, para así seducir. Lo confirma la frase que sigue a esta descripción:

Y el dragón le dio a la bestia su poder y su trono y gran poderío. El pecado por sí sólo no sería nada si no hace morada en el hombre para hacerse bestia en él. Y ahí es donde tiene el poder destructivo: cuando el hombre en lugar de ser Santuario de Dios, instaura en él un trono para el pecado. Lo que encierra en sí el pecado, el dragón, se hace activo en quien lo recibe, y tiene en él, el poder de la maldad que seduce, daña, engaña, mata, roba los bienes de Dios en sus hijos; es un arma poderosa del demonio. Por eso está escrito de él que igual que el ladrón, no viene sino a “robar, matar y destruir”.[5]

El poder, el trono y el gran poderío que recibe la bestia (todo aquél que está entregado al pecado) es simplemente el poder que contiene toda maldad: el poder de hacer daño. Y es el poder que ven los demás en los corruptos lo que crea confusión, como menciona Malaquías sobre el pueblo confundido que decía: “Mas bien llamamos felices a los arrogantes, aún haciendo el mal prosperan y aún tentando a Dios escapan libres. [6]  Pero la respuesta de Dios fue que llegaría el Día en que serán consumidos por el fuego como la paja, y no dejará de ellos raíz ni rama.[7] El poderío que reciben es el poder de la maldad, todo lo que hace daño incluso a sí mismos, aunque no lo vean y se sientan satisfechos.

Pero el dragón, y todo el que lo recibe y se hace bestia, tienen su tiempo limitado porque el único poder que todo lo puede es el poder de Dios, que manifestado a los hombres en su Hijo Jesús, venció al mundo, al pecado, a la Muerte, y el mal no tiene poder sobre nosotros.

Por esto dice: "El príncipe de este mundo ya está vencido",[8] y también: "Ánimo yo he vencido al mundo".[9]  El príncipe de este mundo que nació de la soberbia, de su rebeldía a Dios, fue vencido por Cristo.

 Y con el poder de su Espíritu Santo, los apóstoles y todos los que han sido testimonio de Cristo, hicieron avanzar la Buena Nueva por las naciones. Parecía que aquella avalancha del cristianismo fundamentada en la Vida, muerte y resurrección de Cristo, y seguida por aquellos hombres santos entregados a Dios, que derramaban su sangre como mártires por la Verdad, y todos cuantos les siguieron, iba a acabar en corto tiempo con la bestia. O sea, que los hombres todos se convertirían desde aquellos primeros tiempos del cristianismo.[10]  Pero no ha sido así, sino que el pecado siguió tomando cuerpo en los hombres. Por esto le siguen estas palabras:

 

Vi una de sus cabezas herida de muerte, pero su llaga mortal había sido curada. Toda la tierra maravillada, seguía a la bestia (Ap.13, 3).

 

Era suficiente la redención, el testimonio de vida de Jesús. Y con sus apóstoles hubo victoria y avance de la Palabra que convertía. Ésa era la herida de muerte causada a la bestia en una de sus cabezas. Pero el poder terrenal frena ese avance, porque los mismos que habrían de ser testigos vivos de la Verdad dejaron de serlo. Por eso ese poder de la bestia, se recuperó.  Ésa es la razón de que aquí se diga que toda la tierra maravillada seguía a la bestia. La rebeldía a la Vida en Dios, a vivir en el espíritu, y en cambio rendirse ante los valores que ofrece el mundo, el sentirse satisfecho con la vida del mundo, es negarse a Dios, rebelarse.

Esa tierra maravillada que seguía a la bestia, todos aquéllos que están entregados al pecado, alardean de su forma de vivir, y de los placeres del pecado. Esto significa el siguiente versículo:

 

Y se postraron ante el dragón porque había dado su poder a la bestia y adoraron a la bestia diciendo: “¿Quién es semejante a la bestia y quién podrá luchar contra ella?” (Ap. 13,4).

 

 Y se postraron ante el dragón: se rinden, muestran su conformidad, su impotencia por luchar en contra del pecado. Los hombres cuando están sumergidos en el pecado, sienten que éste ejerce poder sobre ellos y creen que no hay forma de cambiar; que además de ser lo mejor para ellos seguir así, les es imposible ser diferentes, vivir una vida nueva. Postrarse, es rendirse, y se sumergen en los placeres del mundo, adoran a la bestia. Y dicen:

             ¿Quién es semejante a la bestia?  O ¿Quién puede luchar contra ella? Reconocen que el pecado ejerce un poder sobre ellos que no pueden combatir. Olvidan que Cristo nos ha traído la libertad, que el pecado fue vencido por Él, que con Él y en Él somos vencedores. Pero ellos no ven. Sólo miran lo que tienen delante, las cosas del mundo y alaban sus grandezas - lo que para ellos son grandezas - aunque en verdad sea un cepo que impide su verdadera libertad. En su oscuridad hablan en contra de Dios:

 Le dieron una boca que profería palabras arrogantes y blasfemas, y poder para hacerlo durante cuarenta y dos meses (Ap 13,5).

 

La boca que Dios nos ha dado como don para alabarle y glorificarle, para hablar con verdad y bendecir, ellos la emplean para exaltar y hacer ostentación  de las cosas del mundo, e injurian, blasfeman en contra de Dios. Pero su tiempo está limitado, sólo tienen ese poder durante cuarenta y dos meses.

Cuarenta y dos meses es una cifra simbólica que indica el tiempo de nuestra vida aquí en la tierra para cada uno. Está explicada con la sexta trompeta, donde se ve más claro este significado, y que para no repetir no explico aquí.[11]

El poder de utilizar la boca para bien o para mal lo tenemos todos, dentro de la libertad de elección que Dios nos ha dado. Y como el pecado conlleva males en consecuencia, la bestia que es en ellos habla mal, culpando a Dios de sus males:

 

Abrió su boca para blasfemar contra Dios, contra su nombre, contra su Santuario y contra los que habitan en el cielo (Ap 13,6).

 

Y éstos que así hacen, dañan a los hijos de Dios, que pueden ser vencidos, cautivados por la ostentación de las cosas del mundo que proclaman con arrogancia aquéllos, o sentirse defraudados por los interrogantes que  cuestionan acerca de que Dios permite el mal etc. Se dice aquí:

 

Le permitieron hacer la guerra a los santos y vencerlos y le dieron poder sobre toda raza, pueblo, lengua y nación  (Ap 13,7).

 

Tienen a todos a su alcance para seducirlos o engañarlos, pues incluso los santos, no están aislados del mal, y también sobre ellos pueden ejercer su malévolo poder de seducción, nada les está escondido.

Y muchos son los subyugados por su seducción. Pero de éstos serán los menos, porque el bloque, la masa, que sigue a la bestia será de los que están inmersos en el mundo, de los que no se salven pues se dice:

 

La adorarán todos los habitantes de la tierra, cuyos nombres no están escritos desde el principio del mundo en el libro de la Vida del Cordero degollado  (Ap 13,8).

 

Está recordándonos que hay quienes se condenan: los que no están escritos en el libro de la Vida, los que adoran a la bestia. Éstos son los que están conformes con vivir sólo en la carne, los que no miran a la Luz de Cristo. Él siempre está llamando, pero muchos no miran ni escuchan. Jesús advertía sobre los que tienen ojos y no ven, oídos y no oyen.[12] Aquí en este capítulo, nos advierte también: 

El que tenga oídos que oiga (Ap 13,9).

La Palabra siempre es Luz para nosotros; escucharla, contemplarla, nos pone en camino de salvación, pero además es necesario vivirla, ser pacientes en la espera, en las tribulaciones, sabiendo que aunque solos nada podemos, en Cristo todo lo podemos, porque para Dios nada hay imposible. El premio merece toda constancia y entrega. Los que así no vivan tendrán que sufrir sus consecuencias:

El que a la cárcel, a la cárcel ha de ir; el que ha de morir a espada, a espada morirá. Aquí se requiere la paciencia y la fe de los santos (Ap 13,10).

Todavía no dice: “al lago de fuego y azufre”,[13] sino a la cárcel. Eso se refiere a que el  pecado acarrea consecuencias malas que se sufren aquí. Por pecar vienen males por los que cada uno se siente oprimido, como en la cárcel: “Vete y no peques más para que no te suceda algo peor”,[14] le dice Jesús al paralítico que había sido sanado.

 Los males no vienen de Dios sino del pecado, del dragón. Ésa es la cárcel, como en la parábola.[15]

Pero el que esté en la cárcel podrá ser libertado, y ejemplos preciosos hay en el libro  de los Hechos de los Apóstoles. Nos relata dos liberaciones milagrosas que aunque fueran realmente cárceles, nos hablan también de que Dios nos da la libertad de nuestras almas cuando lo reconocemos y lo alabamos, como fue el caso de Pedro y Juan que “cantando himnos se soltaron las cadenas de todos y se abrieron todas las puertas de la cárcel”.[16]

Cuanto se nos da a conocer a través de lo que hablan las Escrituras, tiene aparte del sentido natural, un sentido o lección  de carácter sobrenatural, espiritual.

Pero hay aquí algo más: El que ha de morir a espada, a espada morirá. La espada es la Palabra y quien muere a espada, la espada de doble filo, que es el encuentro con la Verdad, tiene aún la gracia dada por Dios para convertirse, por eso se dice: Aquí se requiere la paciencia y la fe de los santos.

El encuentro con la Verdad, la Palabra, es un impacto que toca el alma; pero no basta con el impacto, sino, que ha de seguirle la perseverancia, esperar con paciencia en el proceso de cambio interior y de las circunstancias. Pero la paciencia estaría vacía sin la fe. La fe en Cristo, en la salvación, en el poder que nos da cuando vivimos en Él. Fe en la Victoria, como los santos.

Pero la espada, la Palabra, también condena a quién no se arrepiente. Se ha advertido antes: El que tenga oídos que oiga.

A esta llamada primera bestia le seguirá más tarde “la otra bestia”. La descripción de esta primera bestia, nos habla del estado en que quedó la humanidad por el primer pecado. Es la situación de toda la humanidad que se sumergió en el pecado, y que puede acogerse a la esperanza en Cristo, con la paciencia y con la fe. Porque Dios no nos ha dejado a merced del dragón. El poder del mal está limitado.


2(Ap.13,11)  3(Gen.1,7-8)   4(Ap.12,17)

5(Jn.8,32-34)

6(Jn.8,44) 7(Jn.10,10)  8(Mlq.3,15)   9(Mlq.3,20) 

10(Jn.16,11)  11(Jn.16,33)   12(Jn. 12,13)

13(Ap.11,2)

14(Mt.13,13-15)   15(Ap. 20, 10)

16(Jn.5,14) 17(Mt.18,23-35)  18(Hc.16,25-26)

Advertencia

Para poder comprender la misión profética de este libro, que es constructiva como todo lo que viene de Dios, ha de leerse completo.

Cualquier juicio de valor al interpretar sólo estos versículos, sería erróneo.

Este texto continúa en el libro

 

 

Misión Profética del Apocalipsis
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Tema IV La Verdad de las 7 Trompetas del Apocalipsis
    

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La Luz y Caída de la Gran Ciudad
Tema VI La Luz y Caída de la Gran Ciudad
Qué son Estas Revelaciones
Qué son Estas Revelaciones ??

 

                                                               

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