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Llamada especial a las
iglesias.
¡El Apocalipsis proclama la
unidad en la única Iglesia de Cristo!
LAS IGLESIAS
HAN DE DESPERTAR Y VER LO QUE EL SEÑOR QUIERE DECIRLES HOY
MUY ESPECIALMENTE A ELLAS, EN ESTAS REVELACIONES QUE NOS
LLEGAN DESPUES DE CASI DOS MILENIOS DE ESCRITO EL
APOCALIPSIS.
Nuestra misión es sembrar.
Aquí hay una siembra que a Dios nuestro Señor le corresponde
regar con su lluvia y hacer crecer para bien de muchos.
El Primer Jinete del Primer Sello
Los Salvados
Seguí
viendo: cuando el Cordero abrió el primero de los siete
sellos oí al primero de los cuatro vivientes que decía con
voz de trueno: “Ven”. Miré y había un caballo blanco; y el
que lo montaba tenía un arco; se le dio una corona, y salió
como vencedor, y para seguir venciendo (Ap. 6, 1-2).
El color
blanco del primer caballo, refleja la pureza, la
vida limpia, del que llega a la Presencia de Dios y puede
verse con transparencia, porque vivió siguiendo el camino
del Amor y la Verdad; siguió el camino de Aquél que dijo:
“Yo soy el Camino (el Amor), la Verdad y la Vida”.
El Amor y la Verdad vividos nos dan la Vida, que son los
fundamentos que Dios nos concede para que seamos vencedores
del mal y para que no nos dejemos enredar en sus tramas.
El jinete de este caballo blanco
enarbola su arco en un gesto de triunfo, pero no
lleva flecha. Digamos que no vivió hiriendo, sino por
encima de todo conflicto. Siguió el ejemplo de Jesús y de
su Palabra que dice: “El que se humilla será ensalzado”.
Este jinete que llega en caballo blanco queda como vencedor,
y para siempre.
Éste y todos
los que así llegan, son en general, todos los que se salvan
porque usaron las armas de Dios. Vivieron luchando en este
combate espiritual según dice la carta a los efesios: “¡En
pie!, pues; ceñida vuestra cintura con la Verdad y
revestidos de la justicia como coraza, calzados los pies con
el celo por el Evangelio de la paz, embrazando siempre el
escudo de la fe, para que podáis apagar con él todos los
encendidos dardos del enemigo. Tomad, también, el yelmo de
la salvación y la espada del Espíritu, que es la Palabra de
Dios; siempre en oración y súplica, orando en toda ocasión
en el Espíritu”.
Se le dio
una corona. Alcanzaron la promesa a su fidelidad: “Sé fiel
hasta el final y yo te daré la corona de la Vida”, promete
el ángel de las siete iglesias.
Pablo habla de sus esfuerzos por esta corona incorruptible.
Nosotros le habíamos
coronado con
una corona de espinas, y Él nos devuelve una corona de
gloria por su misericordia hacia nosotros.
El Segundo Jinete del Segundo Sello
Los Violentos
Cuando abrió el segundo sello, oí al segundo
viviente que decía: “Ven”. Entonces salió otro caballo,
rojo; al que lo montaba se le concedió quitar de la tierra
la paz para que se degollaran unos a otros; se le dio una
espada grande (Ap. 6,3-4).
Este segundo caballo, y el tercero y
el cuarto, representan a los que no se salvan. Los que
llegan en este caballo color rojo, símbolo de la
sangre, de la muerte violenta, simbolizan a todos aquéllos
que únicamente les interesó conseguir sus objetivos sin
importarles los demás, hiriendo a otros no sólo en el
cuerpo sino en el alma; son los que arrastrados por sus
maldades, por sus afanes, cabalgan en la ira, avaricia,
soberbia, envidia, arrebatando las paz a otros, sembrando
discordias, enemistades, rencillas, guerras... Nunca les
importó la paz, no vivieron en paz, y reciben al final la
medida según vivieron. Ya no tendrán más paz y vivirán en
lucha unos contra los otros, porque la espada grande
es la Palabra con la que han de confrontarse, la Verdad con
la que se encuentran, y esa Verdad les da su propia medida.
Se les concedió quitar la paz
tiene su sentido completo, si consideramos que aquí estamos
en esta lucha, en la que unos se dejan hacer instrumentos de
maldad - y no instrumentos de Dios - y vienen y nos quitan
la paz. Únicamente podemos ser eso: el que no es instrumento
de Dios, es instrumento de maldad. Tenemos que estar
luchando por conservar la paz que aquéllos puedan quitarnos
para no involucrarnos en sus maldades con ellos, aunque
muchas veces consigan dañarnos.
Dios permite
esta lucha para purificación nuestra; podemos con ella salir
fortalecidos.
Pero lo principal de esta lucha es que tenemos el poder de
salir vencedores de la situación que cada uno lleva como ser
caído en las tinieblas, como parte de esta humanidad caída
en el pecado porque nos dejamos engañar. Y Dios con su
gracia y su Luz nos da la oportunidad de salir victoriosos.
Y esto ha de ser voluntariamente, porque Él nos creó tan
libres que no nos impidió siquiera que nos apartáramos de Él. Esta lucha es un bien para
nosotros. Los que hoy nos pueden quitar la paz, tienen su
función permitida por Dios en su infinito Amor, porque al
mismo tiempo Él nos da toda la ayuda que necesitamos para
vencer y salvarnos libremente.
Esta lucha
está simbolizada en la quinta trompeta,
en donde “los escorpiones” nos pueden "picar”, hacer
daño, pero no tienen poder sobre nosotros. Esta lucha en la
que los hijos de Dios nos encontramos inmersos con aquéllos
otros que se dejan hacer instrumentos de la maldad, y no de
Dios, es una concesión de Dios hacia nosotros. De esta forma
nosotros podemos distinguir lo que es bueno y lo que está
mal, y viendo esta diferencia, elegir y salir de nuestras
tinieblas para vivir más en la Luz.
Habíamos
claudicado ante el engaño. Tenemos que vencer al engaño, y
para ello Dios nos da cuanto necesitamos para poder vencer.
¿De qué otra forma podríamos ser vencedores? “Porque
nuestra lucha no es contra la carne y la sangre sino contra
principados, contra potestades, contra las dominaciones de
este mundo tenebroso, contra los espíritus del mal que están
en las alturas”.
Para todos
aquéllos que se dejan así utilizar por el mal, mejor es como
dice S. Pedro: “Pedid a Dios una buena conciencia por medio
de la resurrección de Jesucristo“.
Cada uno de nosotros podemos resucitar de nuestra condición
pecadora, llenarnos de la Luz que es Cristo. Y esto puede
hacer ver también a otros la Luz, y así ellos igualmente
vencer con las armas de Dios.
La palabra
de Jesús nos dice: “Mi paz os dejo, mi paz os doy, no os la
doy como os la da el mundo”.
El mundo nos puede ofrecer una paz aparente y transitoria
basada en el disfrute de los placeres meramente humanos,
pero la paz que Dios nos da está por encima de las
circunstancias, y nos lleva al disfrute de la paz interior.
Es la paz del Espíritu.
Ése es el sello que vive en nuestro corazón.
Los hijos de Dios anhelan la paz. Es una sed del alma, que
cuando lleguemos limpios será saciada plenamente. Y será
entonces cuando ya no necesitaremos ese sello, porque
viviremos en plenitud.
Es el
Cordero el único digno de quitar ese sello. Hoy podemos
sentirnos bienaventurados por pacíficos porque seremos
llamados hijos de Dios.
Somos hoy
como “hijos
adoptivos” de Dios, y un día podremos ser una unidad en Él. Pero no así aquéllos
que hayan "cabalgado," en la violencia: el caballo rojo.
La gracia que este sello nos da es conocer que quien quiera
vivir en Dios ha de amar, vivir la paz, para que al final
no se diga otra vez de nosotros: “El camino de la paz no lo
conocieron”.
Descubramos que la felicidad está en la paz, que la paz nos
lleva a la Presencia de Dios. Éstos no vivieron el Amor. El
Amor es paz.
Los que vencieron en la lucha que
simboliza este segundo sello, están representados ante el
Trono por el segundo viviente con rostro de
“novillo”. Como aquí todavía cada uno puede arrepentirse,
se nos muestra para animarnos a luchar, el segundo
viviente, con “rostro de novillo”, animal de lucha, que
sí se salvó.
Aquél que se
salvó, luchó por el Reino de Dios. Es una lucha espiritual
por salvarse, con determinación, con fuerza, seguros de su
propósito, apasionados, pero no por las cosas del mundo,
sino por vivir en el Reino de los Cielos. Y así, mientras
muchos lo pierden, ellos, los vivientes, lo toman,
con las armas de Dios a imagen de Jesús. Por eso dice: “El
Reino de los Cielos sufre violencia y los violentos lo
arrebatan”.
El Tercer Jinete del Tercer sello
Los Autosuficientes
Cuando abrió el tercer sello, oí al
tercer viviente que decía: “Ven”. Miré entonces y había un
caballo negro; el que lo montaba tenía en la mano una
balanza y oí como una voz en medio de los cuatro vivientes
que decía: “Un litro de trigo por denario, tres litros de
cebada por un denario. Pero no causes daño al aceite y al
vino” (Ap.6,5-6).
El color negro es todo lo contrario del color
blanco. Si el primer caballo blanco simboliza la
pureza, al que llega con un corazón limpio, este caballo
negro simboliza un corazón impuro, un corazón de piedra
que no se dejó transformar por la Palabra. No buscaron vivir
la Verdad, que es una, sino que se guiaron por sus
verdades. Fallaron a la Verdad.
Representa a aquéllos que por sus obras
creen salvarse, lo tienen todo medido, que es lo que está
simbolizando esta balanza.
Este jinete
aporta sus denarios. Y la balanza mide,
valora sus denarios y los compensa con trigo y
cebada. Según ellos vivieron, se encontrarán con la
medida que les trae la balanza. “Con la medida que
midáis seréis medidos”. Ellos creyeron comprar con sus obras su salvación. Son los
que se creen satisfechos, los ricos espiritualmente, como
los de la iglesia de Laodicea.
Son los ricos que se nombran en otras citas bíblicas, como
el mismo joven rico de la parábola,
que muestra una actitud autosuficiente, y se creía salvado
con cumplir. No quiso dar un paso adelante, despojarse, y
seguir a Jesús más de cerca.
¿Por qué se
les entrega trigo y cebada? Porque ellos vivieron
trabajando su propio "pan". ¿De qué les sirve en ese
momento? Con esto ya ellos no podrán hacer nada. Es su
final. El año de gracia también ya pasó para ellos. Ellos
quisieron trabajar para sí mismos, para comprar su salvación
y se les da la misma medida: la materia prima para los que
quieren amasar su propio pan y no se acogieron al pan
gratuito. “Yo soy el pan vivo bajado del cielo... el que me
coma vivirá por Mí”.
No comieron éstos del Pan de Vida.
Aunque por
nosotros mismos no podamos alcanzar la salvación, por muchos
méritos que creamos tener, Jesús dice: “Lo imposible para
los hombres es posible para Dios”.
El apóstol Pablo afirma: “Todo lo puedo en Aquél que me
conforta”. Es un corazón puro donde mora Dios de donde brotarán obras
buenas, porque Dios obra a través de nosotros y somos
instrumentos de Él. Es una gracia que a pesar de nuestra
condición de humanidad caída en el pecado, podamos ser
instrumentos de Dios, y ser cauce de buenas obras.
¿Quién podría ser tan importante como
Jesús, exhibir tantas obras como Él? Porque obras hizo que
ningún otro había hecho. ¿Cuál fue su tentación en el
desierto? Presentarse como un "superhombre" haciendo toda
clase de cosas extraordinarias, convirtiendo las piedras en
pan, tirándose de los montes y ser sostenido por los
ángeles, como dice el apóstol Mateo en el capítulo cuatro, y
así tener la gloria del mundo, mezclarse con la gloria del
mundo, siendo reconocido, admirado, y aplaudido. Pero lo
rechazó.
Los planes de Dios eran otros: convertir los
corazones, darnos el modelo de la vida que nos habrá de
llevar a la salvación, para que siguiéramos su ejemplo. Y
ello supone una vida sencilla y humilde. Por eso el camino
que nos mostró
fue un
camino de humildad, incluso, encarnándose en una Virgen
humilde y sencilla que declara: “He aquí la esclava del
Señor
Jesús nos dice: “Aprended de Mí, que soy manso y humilde de
corazón”. Pudo elegir entrar por la puerta ancha y
el camino fácil. Sin embargo, eligió el camino que nos
enseñó y que aconseja: “Cuando hagas limosnas no lo vayas
trompeteando por delante como los hipócritas… con el fin de
ser honrado por los hombres... en verdad os digo que ya
recibieron su paga”. Y de éstos dice: “Todas sus obras las hacen para ser vistos
por los hombres”.
Son
los corazones que quieren recibir la gloria del mundo, y no
buscan que la gloria sea para Dios. Por eso no regresan con
un corazón puro sino lleno de vanidad.
Aún así a través de éstos que se endiosaron a
sí mismos, pudo haber unción (que es lo que significa el
aceite) y que esa unción llegara a otros; que esos otros
se entregaran a Dios, y que naciera en aquéllos una Vida
nueva (que es lo que simboliza el vino). Pero ellos
hicieron de ello un Trono para sí mismos, apropiándose una
gloria que sólo es del Señor. El bien que pudieron hacer
permanecerá, porque es obra de Dios y nosotros no tenemos
ningún poder. Por esto dice la voz:
“Pero no
causes daño al aceite y al vino”. Y esta verdad la
había dicho Jesús con estas palabras: “Al que tiene se le
dará, y al que no tiene, aún lo que tiene se le quitará”. Ése es el sentido de: “Pero no causes daño al aceite y al
vino”. Jesús mismo dice: “No todo el que diga... Señor,
Señor, entrará en el Reino de los Cielos, sino el que haga
la voluntad de mi Padre celestial. Muchos me dirán aquel
Día: Señor, Señor ¿no profetizamos en tu nombre, y en tu
nombre expulsamos demonios, y en tu nombre hicimos muchos
milagros? Y entonces yo les declararé: ¡Jamás os conocí;
apartaos de Mí, agentes de iniquidad!”.
¿Qué es lo
que no tienen éstos? El Amor que habría de llenar sus obras,
el Amor desprendido que no recoge para sí la gloria. Es una
actitud equivocada. Es el aviso del ángel a la iglesia de
Sardes: “No he encontrado tus obras llenas a los ojos de mi
Dios”. O lo que le dice a la iglesia de Éfeso: “Pero tengo contra
ti que has perdido tu Amor de antes”.
Hemos de hacer que vaya siempre el Amor presidiendo toda
obra, y que ellas den testimonio de Dios.
Lo contrario es la actitud de éstos que hacen
obras para justificarse, en un plan de ganar puntos "para
llegar al cielo", o para propio prestigio ante los demás,
por dar una imagen de personas buenas, pero que esas obras
no brotan de un corazón limpio, lleno de Amor, entregado a
Dios. Es una actitud de soberbia por creerse
autosuficientes, cuando hasta Pablo decía: “Yo solo nada
puedo, pero en Cristo todo lo puedo.
Puede ser
también una actitud de envidia cuando se trata de competir
para hacer o superar las obras que hace otro, para creerse o
hacer ver que se es igual o mejor, como les pasó Aarón y
María con Moisés, que quisieron igualarse a él, porque Dios
también les hablaba a ellos.
El gran fallo de los que llegan en este
caballo negro es no haber vivido desde un corazón
entregado a Dios para que Dios obrara a través de ellos, ni
obrar desde la pureza del corazón, sino por móviles humanos,
que les llevó a su propio endiosamiento; no obrar desde un
corazón limpio, puro, para engalanarse de blanco reluciente,
no haber cabalgado en el “caballo blanco” que los
llevara a “las Bodas del Cordero”. Lo que vivieron
resultó ser de color negro: la muerte, aunque tenían la
Palabra, y en su corazón, el sello que les hablaba de
humildad, de la verdadera Vida. Y podrían haber llegado
siendo libres como el “tercer viviente”.
Porque este jinete de este tercer sello,
está en correspondencia con el tercer “viviente”. Si el
tercer “viviente” lleno del Amor de Dios, hizo obras pero
para la gloria de Dios, éstos en cambio las hicieron para su
propia gloria, para ser aplaudidos, admirados o reconocidos
por los demás, o por autosatisfacción.
El
cuarto jinete, el próximo, nos hablará de los que carecen
de obras, no hacen nada, lo contrario que éstos. Serán como
aquéllos a los que hace referencia la parábola de los
talentos.
El
Cuarto Jinete del Cuarto Sello
Los Indolentes
Cuando abrió el
cuarto sello, oí la voz del cuarto Viviente que decía:
“Ven”. Miré entonces y había un caballo verdoso; el que lo
montaba se llamaba Muerte y el Hades le seguía. Se les dio
poder sobre la cuarta parte de la tierra, para matar con la
espada, con el hambre, con la peste y con las fieras del
campo (Ap.6,7-8).
Cuando una persona tiene una vida sana, su
piel muestra un color saludable; en cambio, cuando está
enferma su color es pálido, y si está muerta su color es más
bien verdoso. El color verdoso es el símbolo de la
muerte, el color de los que aquí parece que viven, pero
están muertos por dentro. Son como muertos que se mueven.
Son aquéllos a los que parece que les pesa la vida, los que
no viven una vida en el Espíritu, sino que su vida es
meramente una vida humana.
Se
presentan así, en este cuarto caballo, los que un día
pudieron hacer y no hicieron, los que un día pudieron
conocer y no conocieron, los que un día pudieron buscar y no
buscaron, los que un día pudieron encontrar y no
encontraron, los que un día, en fin, pudieron vivir y no
vivieron en el Amor y la Verdad, porque ni siquiera se
interesaron por ello. Eran como los huesos secos de la
visión del profeta.
Fueron todos aquéllos que "cabalgaron"
llevados por la pereza, indolentes a su realidad de hijos de
Dios, los que dejaban todo para el mañana.
Los que dándole culto al cuerpo y sin mirar
en el Espíritu. "cabalgaron" entregados a los placeres del
mundo y de la carne, llevados por la gula, por la lujuria,
que les llevó a considerarse ellos solos y para sí mismos,
envueltos en la comodidad que el mundo les ofrece, en su
condición simplemente humana.
Y en
general, todos éstos son los que se arrastraban por la vida,
sin buscar ni vivir en Dios. Son aquéllos a los que el Señor
todavía hoy les está diciendo: “Infundiré mi Espíritu en
vosotros y viviréis”.
La Vida en el espíritu es lo que a éstos les faltó.
Vivieron como muertos, y al final encuentran
su medida: la Muerte eterna, y el Hades, que
conlleva todos los sufrimientos del espíritu por la carencia
de la Vida en Dios. Ellos fueron instrumentos de maldad, y
su indolencia contribuyó a la muerte de tantos.
Pero no estaban indefensos: tenían la
Palabra, la espada de doble filo, que salva y
condena, y que ejecuta aquí la justicia de Dios:
Con la espada que les traía el
conocimiento de la Verdad podían haber cortado toda maldad
y convertirse, pero no lo hicieron.
Con el hambre de tantos necesitados
que habían visto ante sus ojos, podían haber sacudido su
pereza, su carnalidad; mirando y socorriendo, podían haber
ablandado sus corazones ayudándoles, pero no lo hicieron.
Con la peste, que es el hedor del
pecado, el distintivo propio de todo pecado, que no les fue
negado, ellos podían haber rechazado la maldad, y luchado en
contra de ella, pero no la rechazaron.
Con las
fieras del campo, que simboliza la lucha entre los
hombres, podían haber reconocido que Dios es un Dios de paz,
que Cristo nos trajo la paz, que nos llama ovejas de su
rebaño,
y que dice también: “Fuera los perros”.
Pero ellos no vivieron en la paz, ni trabajaron por ella.
Todos ésos que nada hicieron, que vivieron como paralizados
en su vida espiritual, fueron con ello colaboradores de la
maldad y reciben su medida:
la Muerte y el Hades.
Todos éstos que aquí se nombran fueron con su
actitud pasiva, con su pereza, con su lujuria, con su gula,
causa de muerte para muchos; no sólo no sirvieron de ayuda
para que otros pudieran salvarse sino que contribuyeron a
que otros imitaran su pasividad, su indolencia o su
desenfreno; por eso fueron causa de muerte para otros en su
vida aquí - una cuarta parte de la tierra - y en
justa medida también en su final reciben:
La Muerte: su medida conforme habían
vivido.
El hambre, hambre de la verdadera
Vida, porque al hacerse la Verdad de cuanto habrían podido
vivir sienten que ya no podrán jamás saciarse.
La peste,
el hedor de sus pecados, el rechazo dramático de cuanto
habían vivido, porque ya es tarde para ellos.
Las fieras del campo,
el quedar a merced de toda la violencia de los que están ya
condenados, que son esas huestes de
maldad.
Sí, tenían
todos ellos un sello que imprimió Dios en su corazón,
pero ellos no buscaron en su interior sino que sus ojos
miraban hacia el mundo. Jesús con su Palabra dejó claro que
somos como los trabajadores de una viña;
nos llama a trabajar en su reino de Amor: “Yo soy la vid y
mi Padre es el viñador”.
Nos habló de la parábola de los talentos
por la que cada uno recibe y puede hacer fructificar lo que
recibe para ser compensado con creces, multiplicada su
recompensa. Nos invitó a tomar el arado, y a estar alerta y
no dormirnos, en la parábola de las vírgenes
y otras muchas enseñanzas que testificaron esta verdad,
además del testimonio de su Vida.
Y esta
gracia de conocer a través de la Palabra el Camino, la
verdad de la redención de Cristo, es un bien inigualable que
hemos de aprovechar. Pero Cristo vino a salvarnos a todos,
aunque muchos no hayan oído hablar de Él, porque todo ser
humano que viva en el Amor y la Verdad en autenticidad desde
su interior, vive en Cristo. El sello que cada uno lleva en
su interior le dice que ha de vivir en el Amor y en la
Verdad. Amor a Dios y Amor a los demás, haciendo el bien,
ayudándoles. Ese sello todos lo llevan, todos pueden verlo,
todos pueden vivirlo. “Pondré mis leyes en su mente, en sus
corazones las grabaré, y yo seré su Dios y ellos serán
mi pueblo”.
Nadie allá podrá disculparse. Si quisieron vivir como
aquella higuera estéril, y no dieron fruto, su fin será
secarse para siempre.
Este
cuarto sello está en relación con el cuarto viviente,
“con rostro de águila”, porque se elevó sobre todo lo que el
mundo y la carne le esclavizaba y eligió vivir en el
espíritu. Es la lucha de la que el apóstol Pablo hablaba,
de que nuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo, y no ha
de dominarnos.
Es el que vive tanto en la vida del espíritu, que le hace
ser testigo de Cristo, luz para llevar la Verdad a otros. De
éstos salen los evangelistas, apóstoles, profetas…
Advertencia
Para poder comprender la misión profética de este libro, que es constructiva como todo lo que viene de Dios, ha de leerse completo.
Cualquier juicio de valor al interpretar sólo estos versículos, sería erróneo.
Este texto continúa en el libro

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