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Llamada especial a las iglesias.

¡El Apocalipsis proclama la unidad en la única Iglesia de Cristo!

 

LAS IGLESIAS HAN DE DESPERTAR Y VER LO QUE EL SEÑOR QUIERE DECIRLES HOY MUY ESPECIALMENTE A ELLAS, EN ESTAS REVELACIONES QUE NOS LLEGAN DESPUES DE CASI DOS MILENIOS DE ESCRITO EL APOCALIPSIS.

Nuestra misión es sembrar. Aquí hay una siembra que a Dios nuestro Señor le corresponde regar con su lluvia y hacer crecer para bien de muchos.

El Primer Jinete del Primer Sello

Los Salvados

 Seguí viendo: cuando el Cordero abrió el primero de los siete sellos oí al primero de los cuatro vivientes que decía con voz de trueno: “Ven”. Miré y había un caballo blanco; y el que lo montaba tenía un arco; se le dio una corona, y salió como vencedor, y para seguir venciendo (Ap. 6, 1-2).

 

El color blanco del primer caballo, refleja la pureza, la vida limpia, del que llega a la  Presencia de Dios  y puede verse con transparencia, porque vivió siguiendo el camino del Amor y la Verdad; siguió el camino de Aquél que dijo: “Yo soy el Camino (el Amor), la Verdad y la Vida”.[1]  El Amor y la Verdad vividos nos dan la Vida, que son los fundamentos que Dios nos concede para que seamos vencedores del mal y para que no nos dejemos enredar en sus tramas.

El jinete de este caballo blanco enarbola su arco en un gesto de triunfo, pero no lleva flecha. Digamos que no vivió hiriendo, sino  por encima de  todo conflicto. Siguió el ejemplo de Jesús y de su Palabra que dice: “El que se humilla será ensalzado”. Este jinete que llega en caballo blanco queda como vencedor, y para siempre.

Éste y todos los que así llegan, son en general, todos los que se salvan porque usaron las armas de Dios. Vivieron luchando en este combate espiritual según dice la carta a los efesios: “¡En pie!, pues; ceñida vuestra cintura con la Verdad y revestidos de la justicia como coraza, calzados los pies con el celo por el Evangelio de la paz, embrazando siempre el escudo de la fe, para que podáis apagar con él todos los encendidos dardos del enemigo. Tomad, también, el yelmo de la salvación y la espada del Espíritu, que es la  Palabra de Dios; siempre en oración y súplica, orando en toda ocasión en el Espíritu”.[2]

Se le dio una corona. Alcanzaron la promesa a su fidelidad: “Sé fiel  hasta el final y yo te daré la corona de la Vida”, promete el ángel de las siete iglesias.[3] Pablo habla de sus esfuerzos por esta corona incorruptible.[4] Nosotros le habíamos

coronado con una corona de espinas, y Él nos devuelve una corona de gloria por su misericordia hacia nosotros.[5]

 

El Segundo Jinete del Segundo Sello

Los Violentos

Cuando abrió el segundo sello, oí al segundo viviente que decía: “Ven”. Entonces salió otro caballo, rojo; al que lo montaba se le concedió quitar de la tierra  la paz para que se degollaran unos a otros; se le dio una espada grande (Ap. 6,3-4).

 

Este segundo caballo, y el tercero y el cuarto, representan a los que no se salvan. Los que llegan en este caballo color rojo, símbolo de la sangre, de la muerte violenta, simbolizan a todos aquéllos que únicamente les interesó conseguir sus objetivos sin importarles  los demás, hiriendo a otros no sólo en el cuerpo sino en el alma; son los que arrastrados por sus maldades, por sus afanes, cabalgan en la ira, avaricia, soberbia, envidia, arrebatando las paz a otros, sembrando discordias, enemistades, rencillas, guerras... Nunca les importó la paz, no vivieron en paz, y reciben al final la medida según vivieron. Ya no tendrán más paz y vivirán en lucha unos contra los otros, porque la espada grande es la Palabra con la que han de confrontarse, la Verdad  con la que se encuentran, y esa Verdad les da su propia medida.

 Se les concedió quitar la paz tiene su sentido completo, si consideramos que aquí estamos en esta lucha, en la que unos se dejan hacer instrumentos de maldad - y no instrumentos de Dios - y vienen y nos quitan la paz. Únicamente podemos ser eso: el que no es instrumento de Dios, es instrumento de maldad. Tenemos que estar luchando por conservar la paz que aquéllos puedan quitarnos para no involucrarnos en sus maldades con ellos, aunque muchas veces consigan dañarnos.

Dios permite esta lucha para purificación nuestra; podemos con ella salir fortalecidos.[6] Pero lo principal de esta lucha es que tenemos el poder de salir vencedores de la situación que cada uno lleva como ser caído en las tinieblas, como parte de esta humanidad caída en el pecado  porque nos dejamos engañar. Y Dios con su gracia y su Luz nos da la oportunidad de salir victoriosos. Y esto ha de ser voluntariamente, porque Él nos creó tan libres que no nos impidió siquiera que nos apartáramos de Él. Esta lucha es un bien para nosotros. Los que hoy nos pueden quitar la paz, tienen su función permitida por Dios en su infinito Amor, porque al mismo tiempo Él nos da toda la ayuda que necesitamos para vencer y salvarnos libremente.

Esta lucha está simbolizada en la quinta trompeta,[7] en donde “los escorpiones” nos pueden "picar”, hacer daño, pero no tienen poder sobre nosotros. Esta lucha en la que los hijos de Dios nos encontramos inmersos con aquéllos otros que se dejan hacer instrumentos de la maldad, y no de Dios, es una concesión de Dios hacia nosotros. De esta forma nosotros podemos distinguir lo que es bueno y lo que está mal, y viendo esta diferencia, elegir y salir de nuestras tinieblas para vivir más en la Luz.

 Habíamos claudicado ante el engaño. Tenemos que vencer al engaño, y para ello Dios nos da cuanto necesitamos para poder vencer. ¿De qué otra forma podríamos ser vencedores?  “Porque nuestra lucha no es contra la carne y la sangre sino contra principados, contra potestades, contra las dominaciones de este mundo tenebroso, contra los espíritus del mal que están en las alturas”. [8]

Para todos aquéllos que se dejan así utilizar por el mal, mejor es como dice S. Pedro: “Pedid a Dios una buena conciencia por medio de la resurrección de Jesucristo“.[9] Cada uno de nosotros podemos resucitar de nuestra condición pecadora, llenarnos de la Luz que es Cristo. Y esto puede hacer ver también a otros la Luz, y así ellos igualmente vencer con las armas de Dios.

La palabra de Jesús nos dice: “Mi paz os dejo, mi paz os doy, no os la doy como os la da el mundo”.[10] El mundo nos puede ofrecer una paz aparente y transitoria basada en el disfrute de los placeres meramente humanos, pero la paz que Dios nos da está por encima de las circunstancias, y nos lleva al disfrute de la paz interior. Es la paz del Espíritu.

 Ése es el sello que vive en nuestro corazón. Los hijos de Dios anhelan la paz. Es una sed del alma, que cuando lleguemos limpios será saciada plenamente. Y será entonces cuando ya no necesitaremos ese sello, porque viviremos en plenitud.

 Es el Cordero el único digno de quitar ese sello. Hoy podemos sentirnos bienaventurados por pacíficos porque seremos llamados hijos de Dios. [11]  Somos hoy

 como “hijos adoptivos” de Dios,[12] y un día podremos ser una unidad en Él. Pero no así aquéllos que hayan "cabalgado,"  en la violencia: el caballo rojo.

             La gracia que este sello nos da es conocer que quien quiera vivir en Dios ha de amar,  vivir la paz, para que al final no se diga otra vez de nosotros: “El camino de la paz no lo conocieron”.[13] Descubramos que la felicidad está en la paz, que la paz nos lleva a la Presencia de Dios. Éstos no vivieron el Amor. El Amor es paz.

            Los que vencieron en la lucha que simboliza este segundo sello, están representados ante el Trono por el segundo viviente con rostro de “novillo”.  Como aquí todavía cada uno puede arrepentirse, se nos muestra para animarnos a luchar, el segundo viviente, con “rostro de novillo”, animal de lucha, que sí se salvó.

Aquél que se salvó, luchó por el Reino de Dios. Es una lucha espiritual por salvarse, con determinación, con fuerza, seguros de su propósito, apasionados, pero no por las cosas del mundo, sino por vivir en el Reino de los Cielos. Y así, mientras muchos lo pierden, ellos, los vivientes, lo toman, con las armas de Dios a imagen de Jesús. Por eso dice: “El Reino de los Cielos sufre violencia y los violentos lo arrebatan”.[14]   

 

El Tercer Jinete del Tercer sello  

 Los Autosuficientes

 Cuando abrió el tercer sello, oí al tercer viviente que decía: “Ven”. Miré entonces y había un caballo negro; el que lo montaba tenía en la mano una balanza y oí como una voz en medio de los cuatro vivientes que decía: “Un litro de trigo  por denario, tres litros de cebada por un denario. Pero no causes daño al aceite y al vino”  (Ap.6,5-6).

El color negro es todo lo contrario del color blanco. Si el  primer caballo blanco simboliza la pureza, al que llega con un corazón limpio, este caballo negro simboliza un corazón impuro, un corazón de piedra que no se dejó transformar por la Palabra. No buscaron vivir la Verdad, que es una,  sino que se guiaron por sus verdades. Fallaron a la Verdad.

 Representa a aquéllos que por sus obras creen salvarse, lo tienen todo medido, que es lo que está simbolizando esta balanza.

Este jinete aporta sus denarios. la balanza mide, valora sus denarios y los compensa con trigo y  cebada. Según ellos vivieron, se encontrarán con la medida que les trae la balanza. “Con la medida que midáis seréis medidos”.[15] Ellos creyeron comprar con sus obras su salvación. Son  los que se creen satisfechos, los ricos espiritualmente, como los de la iglesia de Laodicea.[16] Son los ricos que se nombran en otras citas bíblicas, como el mismo joven rico de la parábola,[17] que muestra una actitud autosuficiente, y se creía salvado con cumplir. No quiso dar un paso adelante, despojarse, y seguir a Jesús más de cerca.

 ¿Por qué se les entrega trigo y cebada? Porque  ellos vivieron trabajando su  propio "pan". ¿De qué les sirve en ese momento?  Con esto ya ellos no podrán hacer nada. Es su final. El año de gracia también ya pasó para ellos. Ellos quisieron trabajar para sí mismos, para comprar su salvación y se les da la misma medida: la materia prima para los que quieren amasar su propio pan y no se acogieron al pan gratuito.  “Yo soy el pan vivo bajado del cielo... el que me coma vivirá por Mí”.[18]  No comieron éstos del Pan de Vida.

Aunque por nosotros mismos no podamos alcanzar la salvación, por muchos méritos que creamos tener, Jesús dice: “Lo imposible para los hombres es posible para Dios”.[19] El apóstol Pablo afirma: “Todo lo puedo en Aquél que me conforta”.[20] Es un corazón puro donde mora Dios de donde brotarán obras buenas, porque Dios obra a través de nosotros y somos instrumentos de Él. Es una gracia que a pesar de nuestra condición de humanidad caída en el pecado, podamos ser instrumentos de Dios, y ser cauce de buenas obras.

  ¿Quién podría ser tan importante como Jesús, exhibir tantas obras como Él?  Porque obras hizo que ningún otro había hecho. ¿Cuál fue su tentación en el desierto? Presentarse como un "superhombre" haciendo toda clase de cosas extraordinarias, convirtiendo las piedras en pan, tirándose de los montes y ser sostenido por los ángeles, como dice el apóstol Mateo en el capítulo cuatro, y así tener la gloria del mundo, mezclarse con la gloria del mundo, siendo reconocido, admirado, y aplaudido. Pero lo rechazó.

 Los planes de Dios eran otros: convertir los corazones, darnos el modelo de la vida que nos habrá de llevar a la salvación, para que siguiéramos su ejemplo. Y ello supone una vida sencilla y humilde. Por eso el camino que nos mostró

fue un camino de humildad, incluso, encarnándose en una Virgen humilde y sencilla que declara: “He aquí la esclava del Señor [21] Jesús nos dice: “Aprended de Mí, que soy manso y humilde de corazón”. Pudo  elegir entrar por la puerta ancha y el camino fácil. Sin embargo, eligió el camino que nos enseñó y que aconseja: “Cuando hagas limosnas no lo vayas trompeteando por delante como los hipócritas… con el fin de ser honrado por los hombres... en verdad os digo que ya recibieron su paga”.[22] Y de éstos dice: “Todas sus obras las hacen para ser vistos por los hombres”.[23]   Son los corazones que quieren recibir la gloria del mundo, y no buscan que la gloria sea para Dios. Por eso no regresan con un corazón puro sino lleno de vanidad.

Aún así a través de éstos que se endiosaron a sí mismos, pudo haber unción (que es lo que significa el aceite) y que esa unción llegara a otros; que esos otros se entregaran a Dios, y que naciera en aquéllos una Vida nueva (que es lo que simboliza el vino). Pero ellos hicieron de ello un Trono para sí mismos, apropiándose  una gloria que sólo es del Señor. El bien que pudieron hacer permanecerá, porque es obra de Dios y nosotros no tenemos ningún  poder. Por esto dice la voz:

 “Pero no causes daño al aceite y al vino”.  Y esta verdad  la había dicho Jesús con estas palabras: “Al que tiene se le dará, y al que no tiene, aún lo que tiene se le quitará”.[24] Ése es el sentido de: “Pero no causes daño al aceite y al vino”.  Jesús mismo dice: “No todo el que diga... Señor, Señor, entrará en el Reino de los Cielos, sino el que haga la voluntad de mi Padre celestial. Muchos me dirán aquel Día: Señor, Señor ¿no profetizamos en tu nombre, y en tu nombre expulsamos demonios, y en tu nombre hicimos muchos milagros? Y entonces yo les declararé: ¡Jamás os conocí; apartaos de Mí, agentes de  iniquidad!”.[25]

¿Qué es lo que no tienen éstos? El Amor que habría de llenar sus obras, el Amor desprendido que no recoge para sí la gloria. Es una actitud equivocada. Es el aviso del ángel a la iglesia de Sardes: “No he encontrado tus obras llenas a los ojos de mi Dios”.[26] O lo que le dice a la iglesia de Éfeso: “Pero tengo contra ti que has perdido tu Amor de antes”.[27] Hemos de hacer que vaya siempre el Amor presidiendo toda obra, y que ellas den testimonio de Dios.

Lo contrario es la actitud de éstos que hacen obras  para justificarse, en un plan de ganar puntos "para llegar al cielo", o para  propio prestigio ante los demás, por dar una imagen de personas  buenas, pero que esas obras no brotan de un corazón limpio, lleno de Amor, entregado a Dios. Es una actitud de soberbia por creerse autosuficientes, cuando hasta Pablo decía: “Yo solo nada puedo, pero en Cristo todo lo puedo.

Puede ser también una actitud de envidia cuando se trata de competir para hacer o superar las obras que hace otro, para creerse o hacer ver que se es igual o mejor, como les pasó Aarón y María con Moisés, que  quisieron igualarse a él, porque Dios también les hablaba a ellos.[28]

El gran fallo de los que llegan en este caballo negro es no haber vivido desde un corazón entregado a Dios para  que Dios obrara a través de ellos, ni obrar desde la pureza del corazón, sino por móviles humanos, que les llevó a su propio endiosamiento;  no obrar desde un corazón limpio, puro, para engalanarse de blanco reluciente, no haber cabalgado en elcaballo blanco” que los llevara alas Bodas del Cordero”. Lo que vivieron resultó ser de color negro: la muerte, aunque tenían la Palabra, y en su corazón, el sello que les hablaba de humildad, de la verdadera Vida. Y  podrían haber llegado siendo libres como el “tercer viviente”.

Porque este jinete de este tercer sello, está en correspondencia con el tercer “viviente”. Si el tercer “viviente” lleno del Amor de Dios, hizo obras pero para la gloria de Dios, éstos en cambio las hicieron para su propia gloria, para ser aplaudidos, admirados o reconocidos por los  demás, o por autosatisfacción.

        El cuarto jinete,  el próximo,  nos hablará de los que carecen de obras, no hacen nada, lo contrario que éstos. Serán como aquéllos a los que hace referencia la parábola de los talentos.[29]

 

 El Cuarto Jinete del Cuarto Sello

Los Indolentes

 Cuando abrió el cuarto sello, oí la voz del cuarto Viviente que decía: “Ven”.  Miré entonces y había un caballo verdoso; el que lo montaba se llamaba Muerte y el Hades le seguía. Se les dio poder sobre la cuarta parte de la tierra, para matar con la espada, con el hambre, con la peste y con las fieras del campo (Ap.6,7-8).

 

Cuando una persona tiene una vida sana, su piel muestra un color saludable; en cambio, cuando está enferma su color es pálido, y si está muerta su color es más bien verdoso. El color verdoso es el símbolo de la muerte, el color de los que aquí parece que viven, pero están muertos por dentro. Son como muertos que se mueven. Son aquéllos a los que parece que les pesa la vida, los que no viven una vida en el Espíritu, sino que su vida es meramente una vida humana.

 Se presentan así, en este cuarto caballo, los que un día pudieron hacer y no hicieron, los que un día pudieron conocer y no conocieron, los que un día pudieron buscar y no buscaron, los que un día pudieron encontrar y no encontraron, los que un día, en fin, pudieron vivir y no vivieron en el Amor y la Verdad, porque ni siquiera se interesaron  por ello. Eran como los huesos secos de la visión del profeta.[30]

  Fueron todos aquéllos que "cabalgaron" llevados por la pereza, indolentes a su realidad de hijos de Dios, los que dejaban todo para el mañana.

 Los que dándole culto al cuerpo y sin mirar en el Espíritu. "cabalgaron" entregados a los placeres del mundo y de la carne, llevados por la gula, por la lujuria, que les llevó a considerarse ellos solos y para sí mismos, envueltos en la comodidad que el mundo les ofrece, en su condición simplemente humana.

Y en general, todos éstos son los que se arrastraban por la vida, sin buscar ni vivir en Dios. Son aquéllos a los que el Señor todavía hoy les está diciendo: “Infundiré mi Espíritu en vosotros y viviréis”.[31] La Vida en el espíritu es lo que a éstos les faltó.

Vivieron como muertos, y al final encuentran su medida: la Muerte eterna,  y el Hades, que conlleva todos los sufrimientos del espíritu por la carencia de la Vida en Dios. Ellos fueron instrumentos de maldad, y su indolencia contribuyó a la muerte de tantos.

 Pero no estaban indefensos: tenían la Palabra, la espada de doble filo, que salva y condena, y que ejecuta aquí la justicia de Dios:

 Con la espada  que les traía el conocimiento de la Verdad podían haber cortado toda maldad  y convertirse, pero no lo hicieron.

 Con el hambre de tantos necesitados que habían visto ante sus ojos, podían haber sacudido su pereza, su carnalidad; mirando y socorriendo, podían haber ablandado sus corazones ayudándoles, pero no lo hicieron.

 Con la peste, que es el hedor del pecado, el distintivo propio de  todo pecado, que no les fue negado, ellos podían haber rechazado la maldad, y luchado en contra de ella, pero no la rechazaron.

Con las fieras del campo, que simboliza la lucha entre los hombres, podían haber reconocido que Dios es un Dios de paz, que Cristo nos trajo la paz, que nos llama ovejas de su rebaño,[32]  y que dice también: “Fuera los perros”.[33]  Pero ellos no vivieron en la paz, ni trabajaron por ella. Todos ésos que nada hicieron, que vivieron como paralizados en su vida espiritual, fueron con ello colaboradores de la maldad y reciben su medida: la Muerte y el Hades.

Todos éstos que aquí se nombran fueron con su actitud pasiva, con su pereza, con su lujuria, con su gula, causa de muerte para muchos; no sólo no sirvieron de ayuda para que otros pudieran salvarse sino que contribuyeron a que otros imitaran su pasividad, su indolencia o su desenfreno; por eso fueron causa de muerte para otros en su vida aquí -  una cuarta parte de la tierra - y en justa medida también en su final reciben:

 La Muerte: su medida conforme habían vivido.

 El hambre, hambre de la verdadera Vida,  porque al hacerse la Verdad de cuanto habrían podido vivir sienten que ya no podrán jamás saciarse.

La peste, el hedor de sus pecados, el rechazo dramático de cuanto habían vivido, porque ya es tarde para ellos.

Las fieras del campo, el quedar a merced de toda la violencia de los que están ya condenados, que son esas  huestes de maldad.                                                  

Sí, tenían todos ellos un sello que imprimió Dios en su corazón, pero ellos no buscaron en su interior sino que sus ojos miraban hacia el mundo. Jesús con su Palabra dejó claro que somos como los trabajadores de una viña;[34] nos llama a trabajar en su reino de Amor: “Yo soy la vid y mi Padre es el viñador”.[35] Nos habló de la parábola de los talentos [36] por la que cada uno recibe y puede hacer fructificar lo que recibe para ser compensado con creces, multiplicada su recompensa. Nos invitó a tomar el arado, y a estar alerta y no dormirnos, en la parábola de las vírgenes [37] y otras muchas enseñanzas que testificaron esta verdad, además del testimonio de su Vida.

Y esta gracia de conocer a través de la Palabra el Camino, la verdad de la redención de Cristo, es un bien inigualable que hemos de aprovechar. Pero Cristo vino a salvarnos a todos, aunque muchos no  hayan oído hablar de Él, porque todo ser humano que viva en el Amor y la Verdad en autenticidad desde su interior, vive en Cristo. El sello que cada uno lleva en su interior le dice que ha de vivir en el Amor y en la Verdad. Amor a Dios y Amor a los demás, haciendo el bien, ayudándoles. Ese sello todos lo llevan, todos pueden verlo, todos pueden vivirlo. “Pondré mis leyes en su mente, en sus corazones las grabaré, y yo seré su   Dios y ellos serán mi   pueblo”.[38] Nadie allá podrá disculparse. Si quisieron vivir como aquella higuera estéril, y no dieron fruto, su fin será secarse para siempre.[39]

Este cuarto sello está en relación con el cuarto viviente, “con rostro de águila”, porque se elevó sobre todo lo que el mundo y la carne le esclavizaba y eligió vivir en el espíritu. Es la lucha de la que el apóstol  Pablo hablaba, de que nuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo, y no ha de dominarnos.[40] Es el que vive tanto en la vida del espíritu, que le hace ser testigo de Cristo, luz para llevar la Verdad a otros. De éstos salen los evangelistas, apóstoles, profetas… [41]

 


[1] (Jn.14,5)    28(Ef.6,14ss)    29(Ap.2,10)    30(1Cor.9,24-27)   31 (Jn.19,2)

32(Fp.1)  

33(Ap.9,3-6)  34(Ef. 6,12)  35(1Pe.3,21)   36(Jn.14,27)   37(Mt. 5,9)

38(Ef.1,5)    39(Rom. 3,17)    40(Mat.11,12)

41(Mc.24,4) 39(Ap.3,17)  41(Lc.18,23)   44(Jn. 6, 51-57)    45(Lc.18,27)    46(Flp. 4,13)

47(Lc.1,31) 48(Mt.6,2) 49(Mt.23,5) 50(Mc. 4,25) 51(Mt.7,21-22)   52(Ap.3,2) 53(Ap. 2,4)

54(Núm.12, 1-16)   55(Lc. 19,11)

56(Ez. 37,1 ss)   57(Ez. 37,14)

58(Jn. 10,14) 59(Ap. 22,15)   60(Mt.20,1-15)  

61(Jn.15,1)   62(Mt. 25,14-30)  63(Mt. 25,1-13)   64( Hb.8,10 )   65(Mc.11,12-14) 66(1Cor.6,12ss)  67(1Cor.12,27ss.)

Advertencia

Para poder comprender la misión profética de este libro, que es constructiva como todo lo que viene de Dios, ha de leerse completo.

Cualquier juicio de valor al interpretar sólo estos versículos, sería erróneo.

Este texto continúa en el libro

 

 

Misión Profética del Apocalipsis
Tema I Misión Profética del Apocalipsis
    
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Tema IV La Verdad de las 7 Trompetas del Apocalipsis
    

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Tema II La Verdad de las Cartas a las 7 Iglesias
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Tema III La Verdad de los 7 Sellos del Apocalipsis
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Qué son Estas Revelaciones
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