Llamada
Especial a las Iglesias.
¡El Apocalipsis proclama la unidad en la única Iglesia de Cristo!
LAS IGLESIAS HAN DE DESPERTAR Y VER LO QUE EL SEÑOR QUIERE DECIRLES HOY MUY ESPECIALMENTE A ELLAS, EN ESTAS REVELACIONES QUE NOS LLEGAN DESPUES DE CASI DOS MILENIOS DE ESCRITO EL APOCALIPSIS
Nuestra misión es sembrar. Aquí hay una siembra que a Dios nuestro Señor le corresponde regar con su lluvia y hacer crecer para bien de muchos.
La Sexta Trompeta está Sonando
Anuncio del Ejército de Profetas
Tocó el sexto ángel su
trompeta, y oí otra voz que salía de entre los cuernos del
altar de oro que está delante de Dios. A este ángel que
tenia la trompeta, la voz le dijo: “Suelta a los cuatro
ángeles que están atados a la orilla del gran río Éufrates”
(Ap.9,13,14).
La voz que pregona la Verdad sale del altar,
"lugar" de las ofrendas, "lugar" en el que están
representadas todas las vidas ofrendadas, entregadas, de los
que se han salvado porque siguieron el camino de Cristo, el
Cordero inmolado por todos nosotros. Los cuernos son los medios por
los que se pregona la Verdad, por los que nos llega la
Verdad. Son cuatro los que pregonan al unísono, como una
sola voz, porque la Verdad es una.
La Verdad, que ahora se pregona al completo, como indica el
que sean cuatro los cuernos. Nos quiere hacer ver
esta visión que nos llega la Verdad desde todos los ángulos
(desde los cuatro puntos cardinales) como para preparación
de ese final que será glorioso, después de la gran
tribulación, del tiempo de confusión ya anunciado. Y es para
este momento de tribulación para lo que se proclama al
máximo la Verdad, como nunca antes se había proclamado, y
conforme ya había sido predicho por Jesús: “Pero primero el
evangelio será anunciado a todos los pueblos”.
Y para ello, esa voz que sale del altar,
porque es precisamente para la humanidad entera el aviso,
dice que suelte a los cuatro ángeles que están atados a
la orilla del gran río Éufrates (es el mismo río que ya
se nombró como parte del Paraíso). Ese gran río, que es agua
que limpia, la Verdad que nos purifica, que nos hace libres,
el Amor que nos da la Vida en Dios y cuanto es en Dios; ahí,
a la orilla del gran río están atados esos ángeles.
Habrían de venir aún ángeles que estaban atados, como
guardando la Verdad completa que nos llega para preparar ese
final glorioso. Estos ángeles que ahora son soltados van a
completar lo que aún nosotros no habíamos podido recibir
porque no nos habíamos abierto completamente a recibir; por
nuestra cerrazón, por la dureza de nuestro corazón, tardo en
entregarse completamente a Dios, y tal vez, conforme con
vivir a medias entre el mundo y Dios. Jesús les dijo a sus
discípulos en su discurso de despedida: “Mucho tengo
todavía que deciros, pero ahora no estáis capacitados.
Cuando venga Él, el Espíritu de la Verdad, os guiará a la
Verdad completa, pues no os hablará por su cuenta, sino que
os dirá lo que ha oído y anunciará las cosas venideras”.
Y todos conocemos cómo el Espíritu Santo se manifestó
prodigiosamente sobre los apóstoles. Y entendieron las
Escrituras. Y comprendieron lo que en el Antiguo Testamento
los profetas habían anunciado acerca de Jesús: que Jesús es
el Mesías prometido.
Aquéllos discípulos, tan cerca de Jesús, estaban en un
momento que no podían recibirlo todo. Y esto es lo mismo que
a nosotros nos ha pasado. Pero esta profecía nos dice que
los cuatro ángeles que estaban atados son
soltados, para darnos a entender que aquella profecía
del profeta Joel comienza a realizarse: todos profetizarán.
Hemos de abrir nuestros corazones, nuestros oídos, para
recibir, y nuestras bocas para proclamar cuanto Dios quiere
hoy hacer llegar hasta los confines de la Tierra.
Estos ángeles que son soltados, son los que inspiran
a los profetas para que a través de ellos llegue la Verdad a
todos: “Él enviará a sus ángeles con sonora trompeta, y
reunirán de los cuatro vientos a sus elegidos, desde un
extremo de los cielos hasta el otro”. Y esos profetas son los que van pregonando al Dios Vivo, al
Dios que está en medio de nosotros, que no está lejos, sino
en cada uno que le abre su corazón; porque ”Él está a
la puerta y llama para entrar y cenar con nosotros”.
Estos ángeles anunciadores llegan para un momento preciso,
porque se dice que:
Así que los cuatro ángeles
que habían sido preparados precisamente para esa hora, y ese
día, mes y año, quedaron sueltos para matar a la tercera
parte de la humanidad.
(Ap.9, 15).
Este momento preciso, es el de la gran
tribulación final. Llega la hora de que sean soltados los
ángeles que estaban atados para nosotros, porque vivían
junto a la gloria de Dios, que es el gran río, y
vienen a matar. Este matar se refiere a que
cuando recibimos la Verdad nosotros morimos a nosotros
mismos, a todo lo que habíamos sido, a todo lo que habíamos
vivido, porque la Verdad entra en nosotros y nos
convertimos. Y se produce ese “morir del hombre viejo” y ese
“nacer del hombre nuevo” como dijo Jesús a Nicodemo, maestro
de la Ley.
Por eso, esa fecha de hora, día, mes, y
año, es a nivel de cada uno que renace, y es a gran
nivel, porque serán muchos los convertidos en esa gran
tribulación final. Siempre que en el corazón del hombre se
dé el arrepentimiento y la conversión radical, éste nace de
nuevo. Por esto se dice que los ángeles vienen a
matar.
Que son los ángeles los que inspiran a los
elegidos para que ellos proclamen la Verdad se vuelve a
confirmar en el versículo siguiente:
El número de su tropa de caballería era de
doscientos millones; pude oír su número. Así vi en la visión
los caballos y a los que los montaban: tenían corazas de color de fuego, de jacinto y de
azufre; las cabezas de los caballos como cabezas de león y
de sus bocas salía fuego y humo y azufre (Ap.9,16-17).
Los doscientos millones, profetizan la
Verdad de la salvación, son los profetas. ¡Un gran
ejército de Dios, iluminado para proclamar! El número es
simbólico, que nos indica que han sido y serán muchos los
portadores de la Verdad, los que viviendo en Dios son Luz
para los demás; pero son también hombres imperfectos por lo
que aquí se dice de ellos que sus caballos (en lo que
cabalgan) y ellos mismos, tenían corazas de color
de fuego, de jacinto y de azufre. Los caballos ya hemos
visto que simbolizan todo aquello en lo que nosotros
vivimos, en lo que ellos viven: sus proyectos, ideales,
metas, su propia realidad humana, con sus propias aptitudes
y actitudes, defectos, creencias etc. Y ellos y sus
caballos tenían corazas de color de fuego jacinto y azufre.
Veamos el simbolismo de éstos colores en los profetas y
en su misión, en la obra que Dios les inspira:
El fuego
es el Amor. Están protegidos por el Amor; son hombres de
Dios, llevan una coraza que los defiende: el Amor de
Dios en sus corazones.
El color del jacinto, una flor
sencilla, olorosa, bella: una vida sencilla, tal como Dios
la da, humilde; son hombres que viven una Vida en Dios pero
también caen. Y por ello el azufre que es el lado
malo, sus propios fallos, los contratiempos en su misión,
por lo que precisan siempre discernir entre el bien y el
mal, tanto para ellos mismos como para la misión que tienen
encomendada y así permanecer en la línea de lo que Dios
quiere de ellos. El mal está al acecho para echar abajo toda
obra de Dios.
Los
profetas son también vulnerables al mal. Por eso van sobre
caballos que tenían como cabezas de león, pero que no
son realmente cabezas de león, sino "como" si
fueran de león. Quiere decir que en todo aquello sobre lo
que ellos “cabalgan” no tienen poder absoluto (igual que se
dijo de las langostas). Si el león es el rey de la selva,
ellos no tienen dominio absoluto sobre sí mismos ni
sobre las circunstancias, en el sentido espiritual. Ellos
son hombres como todos. Pero a pesar de ello cabalgan
llevados por la fuerza que, como el león, los hace
ser testigos, fortalecidos por el Amor de Dios (el fuego)
la vida sencilla (el jacinto) y su propia humanidad
que los arrastra al mal, a errar, y que han de ir dominando
siempre (el azufre). Y eso que ellos viven es lo que
llevan a los demás. Son los profetas portadores de la
Palabra:
La tercera parte de la
humanidad murió a causa de las tres plagas de fuego, humo y
azufre que salían de la boca de los caballos
(Ap.9, 18).
El fuego, el humo y el azufre
ahora se les llama plagas para
hacernos ver su efecto purificador. Aquí, ese morir,
se refiere a que su testimonio es efectivo, que la
conversión llega a otros a través de estos profetas que
testimonian que a pesar de todas sus limitaciones humanas,
por encima está el poder inmenso del Amor de Dios; que hemos
de llenarnos de ese Amor y llevarlo a los demás, y que el
Amor transforma, limpia y salva; para que nadie tema a su
propia debilidad sino que confíe en el poder inmenso del
Amor de Dios, cuando se le busca y se vive en la entrega a
Él.
Y ese Amor, que convierte y salva, es
fuego, y cuando prende, quema y echa humo. Son
las conversiones. El ejemplo de su propia conversión, todo
lo que se quema de ellos, es testimonio que llega a los
demás y los ayuda a convertirse también. Es decir, el
fuego purifica, transforma, libera y convierte. Es el Amor
que es vivido y recibido por los demás.
No hay hombre que tenga una vida
completamente perfecta, y los profetas también yerran y
pecan. Este testimonio de cómo sus propias vidas son tan
humanas como la de todos los demás, pero que en ellos el
Amor de Dios todo lo transforma, es la Verdad que llega a
otros y los hace también cambiar. Es la misión de los
profetas.
Porque el azufre, simboliza como en el
versículo anterior, lo malo, lo que hay que erradicar, lo
que hay que curar: las heridas de sus caídas en esta lucha
en la que también ellos viven, a pesar de ser los profetas.
Y eso, que es un testimonio que
proclaman porque sale de sus bocas otros lo comprenden, de
que aún siendo elegidos son tan vulnerables como todos los
hombres, eso es lo que aquí se dice que llega a los demás; y
que con ello (con el fuego, el humo y el azufre) la
tercera parte de la humanidad murió.
Y así con este Amor inmenso que Dios pone en
ellos, y con todas las flaquezas de su propia condición
humana, “cabalgan” estos profetas. Y esta dualidad que
confluye en ellos, se expresa en el siguiente versículo:
Porque el poder de los
caballos radicaba en sus bocas y sus colas; pues sus colas
semejantes a serpientes tenían cabezas con las que hacían
daño
(Ap.9, 19).
El poder en sus bocas
es la Verdad que van proclamando, como decía el versículo
anterior, el poder de la Palabra, el poder del Evangelio,
del Amor que fluye a través de ellos, porque grande es el
Señor que los unge, los levanta y sostiene. Pero ese poder
no cabalga libre, sino limitado a su condición de hombres,
sujetos a las tribulaciones, como ya hemos dicho. Y eso se
refleja en su misión, vulnerable al daño que otros puedan
inferirle, porque toda obra de Dios es atacada por el mal
que usa a los propios hombres. Es lo que arrastran en sus
colas semejantes a serpientes. Por eso se dice que el
poder está también en sus colas. Si el poder que
se les ha dado en sus bocas es para hacer el bien,
proclamar y bendecir, y que se puedan otros salvar a través
de la Palabra que proclaman, en cambio, el poder que
arrastran en sus colas es todo lo contrario: sus colas
semejantes a serpientes tenían cabezas con las que hacían
daño.
Las cabezas en sus colas
son sus propios pecados que provocan los errores en su
misión y que los dañan a ellos mismos; pero también dañan a
todos los que puedan escandalizarse de que en la misión, los
profetas puedan tener fallos. Y además, el daño directo que
pueda afectar a aquéllos que sean objeto de la maldad que
ellos cometan. Los profetas están en la misma lucha en que
todos nos encontramos. Y nosotros, y ellos, hemos de
escuchar las palabras de Jesús cuando nos dice: “No juzguéis
y no seréis juzgados…porque con la misma medida con la que
midáis seréis medidos”.
Aún así, muchos los escuchan, los ven en su
verdadera dimensión de hombres al servicio de Dios, y toman
la Verdad de la que éstos son testigos; siguen la Verdad del
Evangelio que es la Buena Nueva de la salvación. Y así
muchos se salvan. Es lo que se dijo, que a través de su
misión, la tercera parte de los hombres se salva, que la
tercera parte de los hombres murió. Ahora en el
versículo siguiente se dice de los demás, los que no
murieron, los que no se salvan, esto:
Pero los demás hombres, los que no murieron a
causa de estas plagas, no se convirtieron de las obras de
sus manos; no dejaron de adorar a los demonios y a los
ídolos de oro, de plata, de bronce, de piedra y de madera,
que no pueden ver, ni oír, ni caminar ( Ap 9,20).
Los demás hombres que no escucharon, ni se
dejaron llenar por la Verdad que proclamaban los profetas,
son los que no se salvan. Son los que siguieron las obras
de sus manos, lo meramente humano, se dejaron arrastrar
por: los demonios: porque sus corazones se dejaron
llenar por la maldad: la venganza, los placeres, la vanidad
y la ostentación, que son los poderes del maligno.
La idolatría: los valores propios del mundo
que por grandes, atractivos, o valiosos que puedan parecer,
son valores efímeros que se extinguen inevitablemente; no
dan la Vida ni colman la sed del corazón del hombre, que
aspira a la felicidad.
Ellos hicieron un trono en su corazón, adoraron todo ello:
ídolos de oro, plata, bronce, piedra y madera que
representan la escala de valores humanos, porque cada uno le
da un valor preferencial a algo de lo que hace la meta ideal
de su vida, y va viviendo en pos de la consecución de esa
meta, malgastando lo más valioso que Dios nos ha dado, la
propia vida aquí, que es el medio para llegar a conseguir la
Vida eterna. Como en la parábola del "Hijo pródigo" van
derrochando las riquezas que Dios nuestro Padre nos ha dado
como gracia para heredar su Reino.
Es
lo que Jesús dijo a Marta, tan afanada por los quehaceres
humanos. Y recuerda: “Basta a cada día su propio afán”.
Todos esos ídolos a los que el hombre entrega su vida
cuando no escucha la Verdad que Dios nos da para todos, no
son en verdad nada. No pueden hacer al hombre libre y feliz,
porque sólo la Verdad nos hace libres.
Pero esta realidad espiritual, también se manifiesta
materialmente en la contemplación y culto a las imágenes. Al
principio de este tema recordábamos que en ejemplos dados en
la Biblia, se manifiestan a la par las dos realidades: la
espiritual y material. Sobre la contemplación y culto a las
imágenes, a los ídolos de oro, de plata, de bronce, de
piedra y de madera, que no pueden ver, ni oír, ni caminar,
lo que nos aclara aquí el Señor, es: “Los que así hacen
no han visto que Yo Soy”. Él vive en cada uno, no en
las imágenes.
De esos ídolos que los hombres llevan
en su corazón se dice que no pueden ver, ni oír, ni
caminar; son algo completamente inanimado y se
representa así para que veamos que nada pueden darnos a
nuestra vida; que esos ídolos no pueden llenar el
vacío del corazón del hombre, que el corazón del hombre no
está hecho para las cosas, sino que el corazón del hombre
está hecho para ser trono de Dios; que en ese trono hemos de
ofrendar, como en un altar, todo lo que somos, todo lo que
tenemos, todo lo que hacemos. Dios siempre nos está llamando
para que nos acerquemos a Él; porque esos ídolos no
nos hacen caminar sino que nos paralizan, en el sentido
espiritual. En cambio Dios es el Dios Vivo, el Dios que sí
se manifiesta a través de sus obras maravillosas, y va
transformando nuestras vidas, obrando en nosotros si nos
dejamos llenar de su Santo Espíritu. Pero los corazones de
aquéllos dominados por la maldad e idolatría, no les
permitieron ver para arrepentirse. Y es triste que todos
ésos que adoraron esos ídolos,
no se arrepintieran:
No se arrepintieron de sus asesinatos, ni de
sus hechicerías, ni de sus fornicaciones, ni de sus rapiñas
(Ap.9,20-21).
De sus asesinatos,
porque con su maldad muchas almas pudieron
matar.
Ni de sus hechicerías, porque con
maldad y astucia pudieron engañar a otros para que siguieran
sus idolatrías, a sus falsos dioses.
Ni de sus fornicaciones, porque
estaban abiertamente faltando a la Ley que Dios ha puesto en
el corazón de cada hombre.
Ni de sus rapiñas, porque
descaradamente y de forma violenta arrebataban la paz y los
bienes del Espíritu a otros, con sus maldades. Defrauda a
esos profetas el ver que es rechazada la Verdad.
Por esto, se puede entender más claro que Jesús dijera: “Y
si aquéllos días no fuesen acortados, no se salvaría nadie;
pero en atención a los escogidos se acortarán aquéllos
días”.
Y es que tanta confusión llega a afectar a los profetas que
pueden ser engañados, llegar a un estado de tibieza,
queriendo compaginar la Verdad que Dios nos ha dado con las
verdades que nos da el mundo, quizás, hasta con su lógica.
Hemos de estar atentos a lo que proclaman los profetas de
Dios, estar despiertos al testimonio de Jesús, el Único por
quien podemos ser salvados. Él nos da cuanto vayamos
necesitando y nos avisa a través de los profetas.
Y los profetas reciben gracias
extraordinarias, como sucede en esta experiencia que veremos
ahora, y que nos relata el evangelista cuando recibe un
libro que ha de devorar. En este capítulo X que sigue
a continuación, veremos la tribulación de los profetas
también.
Advertencia
Para poder comprender la misión profética de este libro, que es constructiva como todo lo que viene de Dios, ha de leerse completo.
Cualquier juicio de valor al interpretar sólo estos versículos, sería erróneo.
Este texto continúa en el libro |